16 de abril de 2016

Fotografías. La Algameca Chica

En un lugar de la costa ciertamente privilegiado, próximo a los astilleros de Navantia en Cartagena, se extiende una zona asentada en terrenos militares conocida como la Algameca Chica, o ’pequeño Shanghái’ como les gusta denominarla a los que la pueblan.

El mar tiende su brazo tierra adentro aprovechando el cauce de la desembocadura de un río casi siempre seco, creando un canal en cuyos márgenes se han levantado construcciones que acarician el líquido elemento. La salada lengua invasiva permite el atraque de pequeñas embarcaciones de pesca y paseo, así como el baño placentero de niños y mayores.

Aunque los primeros asentamientos se remontan a más de 300 años cuando los mineros levantaron sus primitivas edificaciones, las actuales casas no tienen ni electricidad ni agua potable. Se abastecen con un grupo electrógeno y con garrafas que transportan desde un depósito llenado a su vez mediante camiones cuba, si bien algunos privilegiados han instalado paneles solares e incluso pequeños depósitos elevados que rellenan ayudados por bombas y sirven para conseguir la presión necesaria.

Además, existen restricciones legales que impiden a los ‘virtuales propietarios’ (no disponen de escrituras ni inscripciones en el Registro de la Propiedad) acondicionar las viviendas adecuadamente, por ejemplo, no está permitido cambiar su techado ondulado  (tipo uralita) que desprende bastante calor.

Las casas son ocupadas en su práctica totalidad durante el verano y solo unos pocos las habitan todo el año. Debido al ambiente salino muy corrosivo, el deterioro de las mismas durante el invierno impone arduos trabajos anuales de limpieza, desoxidación, pintura y desescombro.

Sus pobladores están bastante organizados y promueven diversas actividades lúdicas y actos culturales comunitarios. Muchas viviendas están abiertas para sus vecinos e incluso para los foráneos. En este ambiente los niños juegan y se mueven en una suerte de libertad poco usual chocante con nuestra estricta y poco permisiva sociedad.


‘Yo no cambiaría esto ni por dos apartamentos en La Manga’, afirma una mujer que supera ampliamente los 80 años y que ha visto crecer a sus hijos y a sus nietos en este entorno, pese a todas sus incomodidades.


El futuro es incierto y preocupante. Junto a las malas noticias de un inminente desalojo y derribo de las deterioradas viviendas, contrasta la buena intencionalidad del actual ayuntamiento para calificarlas como zona cultural, y así protegerlas para facilitar su adecentamiento y restauración. 


© Jorge Lidiano.
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